Escritor por encargo

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domingo, 1 de septiembre de 2019

Segunda Guerra Mundial 80 aniversario






Era la madrugada del 1 de setiembre de 1939. Mientras los habitantes de Polonia dormían, sobre sus cabezas planeaba una enorme espada de Damocles: era el viento de la guerra, de la destrucción y del horror. El canciller alemán, Adolf Hitler, aunque era austriaco, consiguió consolidar nuevamente a Alemania tras las devastadoras consecuencias del Tratado de Versalles, como potencia industrial, económica, militar y política de Europa.

A pesar de que el primer ministro británico Neville Chamberlain, confiaba en que las amenazas militaristas y belicistas del canciller Hitler eran sólo fanfarronadas; su intención inicial era recuperar los territorios legítimos de la nación alemana, que fueron arrebatados tras la Gran Guerra: el corredor de Danzig, los sudetes checos y Austria, principalmente. Churchill, quien sería el sucesor de Chamberlain, sin embargo, mostraba gran desconfianza hacia el austriaco diciendo que era un lobo con piel de oveja.

La invasión de Polonia, a comienzos de setiembre de 1939, fue un preludio feroz a la serie de conquistas militares de la Alemania Nazi: Francia, Países Bajos, Luxemburgo, Bélgica, y posteriormente, el infructuoso intento de conquistar la Unión Soviética. Stalin tenía la esperanza en que Hitler se repartiera el pastel con él bajo la mesa. Dos años después de la invasión de su vecina Polonia, el pacto germano soviético quedó hecho trizas cuando los aviones de la Wehrmacht cruzaron la frontera.




Gran Bretaña, que junto a Francia fue la primer potencia europea en declarar la guerra a Alemania, resistió cuánto pudo, hasta la caída de su principal aliado, en 1940, convirtiéndose en una nación títere de los nazis. A partir de ese punto, los dos frentes, el de la Batalla del Atlántico y el de la Unión Soviética, se convertirían en los dos ejes que sostenían la fuerza militar de la satrapía hitleriana.

La unión del imperio japonés al eje del conflicto mundial, se dio en diciembre de 1941, cuando bombardeó de forma aleve la base militar en el Pacífico de Pearl Harbour. Esto desembocó en que el presidente Roosevelt, declarase la guerra a Alemania, lo que vendría a dar un giro de ciento ochenta grados al conflicto.

El juego de poderes llevó a que Europa y el frente del Pacífico, se convirtieran en un laboratorio de armamento y logística militar, que posteriormente servirían para invertir la polaridad de los bandos: los aliados se convertirían luego en enemigos mortales. La carne de cañón humana, devastó moralmente a la cuna del pensamiento y el arte occidental; tras la guerra, el anterior bloque fascista liderado por Alemania, se convirtió en un pastel que se dividieron Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia en la parte occidental y la Unión Soviética en el bando oriental.

Cuarenta y cinco años había de sobrevivir el Bloque Soviético en Europa, con la caída del muro de Berlín en 1989. El espíritu de libertad volvió a recorrer Europa. Marx o Hitler, parecían quedar atrás. En buena parte, el mundo que conocemos hoy, se definió por muchas de las acciones que sucedieron durante los seis años de guerra: la creación de la informática, la industria automovilística y aeronáutica, el desarrollo de la tecnología de armamento y propulsión que llevaría al hombre de la guerra a la luna.

Se puede ver la guerra desde el punto de vista de la devastación y el caos, pero también, como parte de los errores que no hay que repetir. Los grandes imperios europeos, hoy están equilibrados por las crecientes potencias orientales: China, India, Singapur, Corea, etc. La vida hoy está amenazada no por la ambición imperialista de antaño, sino por el crecimiento del estado de bienestar que parece no tener un techo conocido.











martes, 11 de septiembre de 2018

El hombre que saltó al vacío








La poderosa imagen ha trascendido el tiempo. El martes 11 de septiembre de 2001, un grupo de terroristas de Al Qaeda, estrellaron dos aviones contras las Torres Gemelas. Las dos icónicas estructuras que se erguían sobre Manhattan, ardían inexorablemente, como en el arcano del Tarot. Esa mañana de septiembre, aquel hecho se convirtió en el show mediático más surrealista de la historia. Alrededor del mundo, millones de personas asistían a la consumación de un nuevo ciclo en la historia. Hegel y Marx se hubieran frotado las manos viendo cómo la historia se mordía la cola como un uróboros, dándoles la razón.

El fotógrafo Richard Drew, tomó ese día, dentro de una ráfaga de disparos de su cámara, una imagen que pasaría a la historia por su dramatismo intrínseco. Con la imagen de un hombre que se lanza al vacío de la muerte, desde el infierno interior de los colosos de acero que arden, consigue un balance trágico y lírico a la vez. El hombre, vestido de camisa blanca y pantalón y zapatos negros, está precipitándose a la nada, en medio de las columnas de acero y concreto que sirven de telón de fondo. Justo en medio de las torres norte y sur, cayendo como una hoja al viento; la primera, oscurecida por la luz crepuscular y polvorienta de la mañana, la segunda, iluminada por el reflejo del sol pálido, acentuando el equilibro entre la vida y la muerte.

Esta fotografía icónica, parece demostrar que a pesar de las fuerzas de la historia, la rabiosa individualidad humana se esfuerza siempre por conquistar su pequeña victoria sobre el inexorable destino común: la muerte. Este hombre anónimo, enmarcado en uno de los símbolos máximos de la civilización moderna, el rascacielos, parte en dos su destino y el de la humanidad entera, mostrando que aun en las peores situaciones es posible decidir qué podemos hacer o que no. Arder o lanzarse al vacío. Morir, o hacerlo de manera digna. 


martes, 23 de enero de 2018

In memoriam Nicanor Parra (1914-2018)



Nicanor Parra, poeta chileno, creador de la antipoesía (1914-2018)





In Memoriam Nicanor Parra




Era un hombre tan viejo como una secuoya
O como La Muerte.
Pero él ya no le temía.
Quizá porque ya había estado
Yendo y viniendo de ella,
Como los borrachos entran y salen
De los prostíbulos y de los Montes de Piedad
para sacarle monedas a los buhoneros y los usureros
Y las perras y los falos entran y salen de
Máquinas tragaperras y mujeres desnudas.
¿Y todo esto a cuento de qué?
Pues que el poeta se murió
Huevones.
He aquí un epitafio que será pasto del tiempo
Pero dos por dos, mañana seguirá siendo cuatro
Y la vileza humana, permanecerá igual a sí misma.
A pesar de todo eso, a nuestro pesar, seguimos vivos
Y el sol sigue ardiendo en los pellejos de los perros sarnosos.
Seguramente esta tarde nos pondremos muy borrachos
En memoria del viejo poeta
Tan viejo como un roble o un pez fósil

Requiescat in Peccata. 


                           

lunes, 25 de septiembre de 2017

Terremoto: un poema en memoria de México

                                                     


Fuente:https://ep01.epimg.net/internacional/imagenes/2017/09/24/mexico/1506265718_560344_1506265780_noticia_normal.jpg

                                                    

                                                       Terremoto



Histérica, como fiera herida
La tierra se revuelve.
En su brutal sacudida derrumba,
Desplaza, aplasta, aniquila,
Reduce a cenizas la banalidad humana.
Ayer fueron ellos,
Hoy fuiste tú, mañana seré yo...
Encomiéndate,
Prepárate,
Empaca tus cosas,
Compra comida,
Saca todo el dinero,
Organiza el caos doméstico
Que Natura-Shiva
Rabiosa, lo destruirá todo,
Hasta tu más ordenada crematística.
De nada nos servirá huir
Como al súbdito del rey,
A quien la muerte hizo un guiño
Camino de Hispahan,
Nos alcanzará tarde o temprano:
Despiertos o dormidos,
Desnudos o vestidos.
Tal es nuestro trágico destino.
Que Dios nos ampare,
Si es que aún no ha huido.


sábado, 19 de agosto de 2017

La ciudad y la lluvia




Bajo la égida del azar emprendemos viajes a través de la ciudad. Pero a medida que vamos trazando el periplo, ésta se nos presenta con distintos rostros, como una proteica sustancia, asaz conocida, pero que no adivinamos por completo. Soleada en la mañana, de repente, las nubes grises, siempre presentes, coronando los cerros de Bogotá, desde antes de ser ella misma, empiezan a envolverlo todo, a difuminar su perfil en el horizonte de plomo. La lluvia desdibuja los perfiles y altera la bitácora de viandante. Los edificios, automóviles, personas, recuerdos de sitios ahora solo existentes en la memoria, pierden su sustancia. La niebla enrarece los ánimos, hace taciturnos incluso a los ladronzuelos de tres al cuarto, que parecen hibernar del frío que ahora se precipita sobre las calles. Buscamos el calor en un licor que nos devuelva la tibieza, que ha huido entre el trazado de la lluvia. Nos embriagamos en un recinto hospitalario y salimos a buscar el hogar. Llueve. Parece que nunca ha dejado de ejercerse ese acto abstracto, extraño y hostil, fascinante y misterioso. Bajo un diluvio feroz, nos parece inútil la huida de esa extraña presencia que lo penetra todo. Al amanecer, al ver por la ventana, el cielo gris, oceánico, con la intransigente llovizna, nos confunde en una suerte de bilocación geográfica: ¿Es Londres o Bogotá? Aquí la lluvia se obstina en ser una con la melancolía. 

lunes, 26 de junio de 2017

Malcom Lowry: bajo un volcán de literatura y alcohol



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El escritor Malcom Lowry, se dispone a dar cuenta de una botella de licor


I

De no haber escrito su obra magna Bajo el volcán, de seguro la producción literaria de Malcom Lowry, estaría hoy condenada a un injusto olvido. Nacido en Cheshire, un 28 de julio de 1909, el novelista estudia en Cambridge para luego comenzar una larga trashumancia que lo llevó a hacer varios viajes exóticos por el mundo. Lowry era hijo de una pareja de típico carácter inglés, donde la fe y la prosperidad material van de la mano. Arthur Lowry, era un abstemio, estricto metodista y comerciante de algodón; su madre, Evelyn, era una mujer enfermiza y flemática. Malcom fue el menor de sus hijos, con el que marcó una distancia afectiva que lo marcó por el resto de su vida. Entre los fuertes bastiones del estoicismo psicológico y la jerarquía familiar, el futuro alcoholismo del vástago sería una suerte de ruptura, de rebelión afianzada aún más con el ejercicio de la literatura.

Pero, Lowry, heredaría algo mucho más importante: la lengua inglesa. El escritor crecerá a la sombra de la técnica más revolucionaria de la literatura: el conocido stream of counsciousness (o corriente de conciencia). Woolf, Faulkner, Joyce, en gran medida, y también, un oscuro escritor, Conrad Aiken, con quien Lowry trabó amistad, poco antes de su ingreso a Cambridge, fueron sus más directas influencias. Aiken era un exégeta joyceano, amigo del poeta T.S. Elliot, además de un ebrio contumaz y putañero; otro autor, hoy prácticamente desconocido, Nordhal Grieg, influyó al futuro autor de Bajo el volcán, con una novela The Ships sails on, que de no ser por este antecedente, se hundiría en la sombra de la literatura europea. Estos son los antecedentes literarios de su primera novela, Ultramarine, que publicó la editorial Jonathan Cape de Londres. Para buscar la manera de erigir su más ambiciosa novela, Lowry se autoimpondrá un autoexilio interior, con la búsqueda incesante de una vida procelosa, donde los arcanos y el azar, marcarán su imaginario estético. Buscó el amor materno en dos mujeres: Margorie Bonner y Jan Gabrial, y una patria más allá de la suya: México.

II

Lowry llega al país del mezcal, con la intención de construir un proyecto en clave: “The White Whale” o La Ballena Blanca, emulando a Melville. Mientras el mundo estalla en una guerra, Malcom Lowry comienza una consigo mismo, que lo llevará al descenso a los infiernos de sus más oscuros demonios: una visión mística del mundo, en el que verá todas las cosas en clave de signos cabalísticos y arcanos misteriosos, que en su intrincada mente de escritor genial, verá la luz por medio del turbulento mar del alcoholismo en que se sumió durante casi una década, hasta que pudo parir, en 1947, su obra más conspicua.

La imagen de una Cuernavaca ―Quauhnahuac, como la llama a lo largo de la novela―, cifrada en clave de un inframundo lleno de recuerdos, sombras, anhelos, visiones y demonios que acosan al cónsul Geoffrey Firmin (el mezcal sobre todas las cosas: licor al que Lowry le tenía un temor patológico, por haber perdido los estribos bajo su efecto una de sus escapadas mexicanas), cruzan la una de las novelas más abstrusas del siglo XX.

Como claves en las ascuas de un cigarrillo o guiños en los arcanos del Tarot, los fantasmas del delirium tremens, afloran en las páginas de Bajo el volcán. A la manera de un Joyce mexicano, Lowry sitúa a su lector en el día de muertos de 1939, no sin pintar primero las montañas y el paisaje de una república, por la que parece precipitarse vertiginosamente la razón, en contra de la miríada de referencias psicológicas que sugieren, como puertas falsas de un infierno, salidas a un paraíso anhelado. En ese sentido hay que decir que Lowry se mantuvo fiel a la doctrina dantesca. La Divina Comedia se convirtió en su modelo. Ivonne es su Beatrice. Doce capítulos, que intentan abarcarlo todo, como si fuera una suerte de viaje cabalístico en la primera, Bajo el volcán, de una trilogía de novelas que representarían, quizás, el paraíso que la humanidad se aprestaba a perder con la segunda de las grandes guerras de la historia.

III

Un 26 de junio de 1957, hace exactamente sesenta años, Lowry, abandonaba este mundo, en Ripe, Inglaterra, al parecer en un episodio de bronco aspiración mientras dormía. ¿Qué hubiera escrito de haber vivido más de los cuarenta y ocho años de breve vida, que le fue otorgada a Malcom Lowry? ¿A lo mejor una trilogía insuperable sobre el abismo de la mente humana cuando está sometida a los designios caprichosos de ese extraño látigo del arte, la escritura? Nada sabremos. Nos queda una obra maestra de trescientas páginas, en las que el alcoholismo se convierte en un grito pleno de lirismo, al borde de un jardín que los seres humanos nos obstinamos, como todas las cosas, en destruir.

«¿LE GUSTA ESTE JARDÍN QUE ES SUYO?
¡EVITE QUE SUS HIJOS LO DESTRUYAN!»


martes, 30 de mayo de 2017

Medio Siglo de Soledad

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Resulta por lo menos curioso, que el mismo día con seis años de diferencia, haya unido a dos de los más grandes escritores latinoamericanos. Un 30 de mayo, en Santo Domingo, República Dominicana, el sanguinario sátrapa, que durante tres décadas sometió a su país a un régimen esperpéntico y feroz, fue víctima de las balas que el mismo había sembrado. Trujillo, “El Chivo”, era acribillado a balazos a manos de un grupo de conjurados de la oposición. Aquel mismo día, pero seis años más tarde, Gabriel García Márquez, publicaba su opus magnum: Cien Años de Soledad, por obra y gracia de la Editorial Sudamericana, de Buenos Aires. Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento de las imprentas, García Márquez diría al ver salir del horno la novela del genial escritor peruano Mario Vargas Llosa, La Fiesta del Chivo, que «eso no se le hace a un viejo como yo».

Empezando el siglo veintiuno, el cuarto de hora de Gabo no ha pasado. Parece que todavía no lo hace. Su novela más conspicua, sobre la que se han hecho innumerables análisis, no termina de disipar la conmoción que produjo su nacimiento, un día como hoy, en 1967. Prácticamente desde El Quijote, ninguna novela en lengua española produjo tanto alboroto en todo el mundo. Casi de inmediato, ambas obras, empezaron a traducirse a la totalidad de las lenguas vernáculas de su tiempo. Hoy puede leerse El Quijote en chino, búlgaro, ruso, alemán, inglés, árabe, coreano, incluso, se proyecta su traducción al pashtu afgano y al sosso africano. Por su parte Cien Años de Soledad, ha sido traducida a treinta y seis lenguas, incluyendo el polaco, serbocroata, hasta los abstrusos wuayuunaiki ―lengua de los wuayuu― y esperanto.

Sin embargo, en la historia de esta célebre novela, también puede hallarse el rastro del recuerdo amargo de una época de estrecheces crematísticas, que por poco hacen naufragar a su autor en la redacción de la obra. Incluso el automóvil, el mismo en el que dice García Márquez, tuvo su epifanía definitiva para escribir Cien Años de Soledad, fue a dar al monte de piedad para resolver las carencias derivadas de las labores para llevarla a su punto final. Cuando consiguió darle forma, llevó junto a su mujer, Mercedes Barcha, la novela a la oficina de correos. La premura hizo que enviara a Argentina la segunda mitad y olvidara la primera con su archiconocido comienzo: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo», para después.

Una vez que fue publicada, la fama del futuro Nobel de Literatura de Colombia, crecería como la espuma. Tomás Eloy Martínez cuenta en una nota, como durante un encuentro con la pareja García-Barcha en Buenos Aires, mientras estaban esperando el inicio de cierta obra de teatro, el auditorio en pleno empezó a ovacionar al escritor de Aracataca. Era tal el furor  que hasta las amas de casa, llevaban en sus paquetes de mercado, un ejemplar de la novela. El concierto verbal y poético de Cien Años de Soledad apenas lleva medio siglo; habrá que esperar otros cuatro, para que sepamos si la obra del hijo del telegrafista de Aracataca, soporta como la de Cervantes, la prueba más difícil de todas, la del tiempo.


domingo, 16 de abril de 2017

Faulkner y el fin del hombre



                                                      Faulkner, escribe en su estudio 

La obra de William Faulkner es ―junto a otras tan conspicuas ­en la historia de la literatura como la de Dostoievsky, Camus, Malraux, Sartre etc.―, un grito desgarrador y trágico, un estandarte que flamea entre las ruinas de un mundo que parecía prometedor. Personajes alcohólicos y marginados; hombres parias, niños, mujeres y ancianos, se mueven como  peces en las aguas procelosas del desarraigo. Parece que en su obra no pudiera concebirse la esperanza para la humanidad. Nacido en 1897 en New Albany, Faulkner siempre puso por encima a su patria, Misisipi. Dijo alguna vez que en caso de tener que hacerlo, se enfrentaría sin dudar, a su propio país, Estados Unidos (una nueva Unión del Norte tan excluyente y más racista incluso, que el mismo Sur Confederado de los tiempos de Lincoln), tal como sus ancestros enfrentaron a los norteños en el pasado.


Al ganar el Premio Nobel de Literatura, en 1950, tuvo que dar como todos los premiados, un discurso de aceptación del mismo. Por tradición, es un momento solemne, en el que el ideario del galardonado puede percibirse en toda su lucidez y potencia. Para aquellos tiempos, el mundo ya estaba hecho trizas: los totalitarismos habían dejado tras de sí, dos conflictos mundiales y la humanidad veía oscilar sobre su cabeza la Espada de Damocles de un holocausto nuclear con los recientes bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Durante la ceremonia, Faulkner dijo que la única angustia verdadera del hombre ―y la mujer, claro está― de nuestros tiempos, era solo saber cuándo volaría en pedazos. Y que lo único que constituía su salvación era escribir bien o lo que es lo mismo, la belleza del arte que confronta al corazón con sus dilemas eternos.

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Un bombardero estadounidense lanza misiles Tomahawk sobre territorio Sirio

Las palabras de Faulkner, a ciento veinte años de su natalicio, resuenan hoy en la memoria. Enfrentados a una potencial nueva guerra mundial, cuando los sheriffs del mundo amenazan por decidirse a activar el botón que abrirá las puertas al pavoroso Dies Irae, no queda otra cosa que reflexionar acerca del fracaso de los sistemas políticos, que no han hecho sino deshumanizar y cosificar el alma humana. Una fotografía en cuestión, tomada durante una explosión en Alepo, Siria, parece reafirmar las palabras y la obra del Nobel de Albany. Durante el estallido de un artefacto explosivo, un fotógrafo árabe intenta, infructuosamente, salvar de las garras de la muerte a un niño. Al ver que sus esfuerzos son inútiles, entonces se arrodilla para llorar amargamente y pedir una explicación a Dios. ¿Dónde estaba en ese momento? ¿Riendo tras los visillos del universo u orquestando otro escenario en el cual poner a prueba nuestra fe, tal como hiciera con Abraham? El silencio del arte siempre será más elocuente que las vacuas palabras del pastor o del gendarme de turno. Y las palabras de Faulkner, resuenan hoy, a través de un siglo brutal, mecanicista, enajenado por el valor del dinero y la anulación de los valores del espíritu.


El fotógrafo Abd Alkader Habak, llora desconsolado, al no poder salvar la vida de un niño sirio. Fuente: http://radiomitre.cienradios.com/la-desgarradora-impotencia-de-un-fotografo-tras-un-nuevo-atentado-en-siria/


sábado, 15 de abril de 2017

Obituario: Nicolás Suescún, una vida dedicada a las letras


Los lectores colombianos de los años ochentas y noventas, seguramente recuerdan el nombre de Nicolás Suescún en las portadillas de las ediciones de clásicos, sobre todo en Cara y Cruz de Norma. Rimbaud, Yeats, Balzac, Shakespeare, Blake, Stevenson, Flaubert, entre otros, fueron traducidos por el poeta y cuentista, nacido en Bogotá en 1937. Su vida fue una comunión constante con la literatura y el arte; un darse a los demás en esa suerte de apostolado que es el oficio de traductor, tan arduo como poco reconocido.


Gracias a Suescún, los lectores en español nos acercamos a los clásicos franceses: Madame Bovary o Una Temporada en el infierno; Cuentos Macabros de Bierce, El Príncipe Florizel de Stevenson, Canciones de Inocencia y experiencia de Blake y Timón de Atenas de Shakespeare, fueron algunas obras vertidas desde el inglés por el traductor bogotano. Los poemas de Gómez Jattin y Mario Rivero también fueron versionados en inglés por Suescún, una de las plumas más prolíficas de Colombia. Paz en su tumba.

Aquí un artículo escrito por Nicolás Suescún para la Revista HJCK edición junio de 2002, número 1.499.



martes, 20 de diciembre de 2016

El rostro del fanatismo





Hoy no existe un lugar seguro en el mundo. Una de las premisas fundamentales del terrorismo internacional, ha sido tomar por sorpresa a sus víctimas. La muerte sobreviene de repente, de manera brutal y sangrienta. Así ha venido sucediendo desde 2001: primero en Nueva York, luego en Madrid y en Londres en 2004 y 2005; la lista es larga, hasta llegar a París, Niza y ahora en Berlín y, el mismo día, en una exposición fotográfica en Turquía.

Quienes vivimos en Colombia, sabemos qué significa esa palabra, tan manida ahora: terrorismo. El terror es puro, auténtico; no hay ni un ápice de postura o de fingimiento.

La víspera del día de la madre del año 1990, en el barrio Quirigua en Bogotá, Pablo Escobar hizo estallar una carga explosiva de 100 kilogramos de dinamita en un Fiat 147. Este es un barrio comercial, de origen popular, al noroccidente de la capital de Colombia. Muchas personas suelen hacer sus compras allí, por lo que haber perpetrado aquel atentado en una zona de tanta actividad, resultó en una estrategia ideal para multiplicar el terror. Escobar repitió la dosis en el centro de Bogotá, un par de años después. Un mañana fría de febrero, mientras los padres acudían a comprar las listas escolares de sus hijos. Lo volvería a hacer en abril de ese año, en el Centro 93, activando un carro bomba. Era uno de sus métodos preferidos; el que le producía mayor placer a su alterada mente de psicópata.

Ahora, casi treinta años después, los terroristas han aprendido algunas estrategias. Aprovechan el despliegue mediático que ofrecen las propias víctimas. Un video en Facebook o Twitter, multiplica el terror; cierra el círculo de angustia que el criminal previó en su mente enferma, momentos antes de perpetrar el hecho de sangre. “No moriré”, piensan, si alguien, aunque sea solo una persona, da un me gusta o sigue mis pasos.

Algunas veces, quienes suben los registros de actos terroristas en el instante mismo de su comisión, no hacen sino cerrar el trazo de ese círculo infernal de la exaltación de la hybris criminal. Esa pequeña esperanza será todo el capital en el que se afincarán los perturbados exégetas del fanático terrorista. Pensar en dejar una huella, en trascender sus vidas anodinas y miserables, ocultando sus rostros tras un pasamontañas para ejecutar una masacre; velo que será retirado finalmente por un oficial de policía, que lo abatirá; o como sucede en este caso: exponer por última vez su rostro anónimo para, una vez muerto, sumirse de nuevo en los sombríos dominios de una vida intrascendente y sin huella.


El rostro más feroz del fanatismo es el del policía infiltrado en la exposición fotográfica; el rostro del hombre que asesinó a tiros al embajador ruso en Turquía. El ex policía disparó por la espalda al diplomático, cobardemente, tal como hiciera el conductor del camión en Berlín. Al tiempo que amenazaba a sus rehenes inermes, engatillando un arma mientras lanzaba su perorata tediosa y fúnebre del viejo pederasta y pastor de cabras Mohamed: levantando un dedo hacia la vacuidad de un infinito metafísico, inexistente, obtuso, inhumano, que el terrorista, como todo el mundo musulmán, desconoce en su ceguera medieval: la mezquindad omnipotente de un dios que exige holocaustos de sangre inocente para satisfacer su autoridad tribal. Un dios brutal, que perfectamente podría llamarse Osama Bin Laden  o Abu Bakr al Baghdadi. 

jueves, 20 de octubre de 2016

Bob Dylan: ¿poeta o literato?



                                                                     Nobelprize.org


Por fin, el día jueves 13 de octubre de 2016, se reveló el enigma. La secretaria de la Academia Sueca, Sara Danius, apareció ante la celebérrima puerta blanca, donde un puñado de reporteros permanecía expectante, para dar a conocer al mundo el nombre del galardonado. ¿Bob Dylan? Quizá sea una boutade política de los excéntricos académicos escandinavos. A lo mejor un espaldarazo a los demócratas estadounidenses, para que no permitan que el uróboros de la historia se muerda la cola. Dylan es el más conspicuo representante de la contracultura del siglo XX, verbi gratia: la norteamericana. Las composiciones de Dylan fueron durante los sesentas, un escudo contra el belicismo representado en la Guerra del Vietnam; un disparo de flores contra los esqueletos adustos del Ku Klux Klan, enarbolando antorchas en la noche, cubiertos por capirotes blancos como si hubieramos vuelo a la Inquisición Española. No es un exabrupto. De hecho, sonaba en las quinielas desde hacía varios años. La dilación de una semana, cosa excepcional para los metódicos académicos suecos, parece tan razonable para el caótico momento histórico que vive el mundo.

¿Bob Dylan Nobel de Literatura?

La declaración de los nuevos aires reformistas de la Academia Sueca, queda manifiesta con este carpetazo a la monolítica hegemonía de los cánones literarios, desde que la escritura se institucionalizó, aparentemente, como único modo de registrar la memoria histórica del hombre. Las gestas épicas de la literatura oral universal, parecen redimidas desde la concesión del Nobel de Literatura a Bob Dylan. Inmediatamente se piensa en el Medioevo y su rica tradición literaria oral: los cantares de gesta. Un hombre acompañado de un laúd, recorría los villorrios llevando los chismes, las noticias relevantes, en definitiva, las miserias humanas. Algo que los aedos griegos ya hacían, con Homero a la cabeza, quizá acompañado por una lira y un odre de vino, mientras calentaba las noches con la caída de Troya o las peripecias de Ulises por los mares.





La poética de las letras

El quid del asunto está en definir si un compositor de letras de canciones merece tan alto honor. ¿Acaso el Nobel es el más alto de los laureles literarios o es uno más entre tantos? Si por el rasero de la calidad literaria ―y musical, algo que ahora también parece tener en gran aprecio el jurado de la Academia Sueca― se pudiera medir una composición musical, la lista sería tan larga, que no alcanzaría el oro para conceder medallas. El primero a quien debía premiarse es a Franz Schubert. El músico austriaco puede ser considerado, justamente, como el padre de la canción moderna. Puso música a cientos de poemas de autores de distinto “peso específico” (como le dijo durante la ceremonia de entrega del Nobel, el académico sueco a Vargas Llosa, refiriéndose a su carrera de escritor). El Viaje de Invierno, es uno de los poemas épicos musicales más grandiosos escritos por el genio humano. Basado en la obra lírica del alemán Wilhelm Müller (1794-1827), narran una suerte de viaje interior, que sin excepción, consiguen estremecer las fibras íntimas del alma humana.

Escritores compositores

Friedrich Nietzsche el gran filósofo y poeta alemán, también coqueteó con la composición musical. El interés intelectual del pensador, lo llevó a adorar a Wagner como epítome de la concreción de la filosofía de Schopenhauer; sin embargo, pronto se desencantó de aquel estrepitoso “deus ex machina” que pretendía llevar a cabo el músico con su obra de arte total. El filósofo empezó a decantar su propia idea de música, componiendo una serie de Lieder, obra que de acuerdo a su genio, es tenida en poca estima, tanto en sentido literario como musical. Federico García Lorca, fue otro poeta que se dejó seducir por Euterpe. Compuso una serie de Canciones entre 1921 y 1924. Una de las más populares es “Anda jaleo”. El estilo conciso, libre de ornamentos metafóricos, sinestesias y todo el aparataje de sofisterías que requirió para su obra lírica, se impone aquí como un vehículo de expresión legítimo, autónomo, y dueño de su “duende”, que sin la melodía, ritmo y armonía andaluza sería letra muerta.

Parece que finalmente los académicos suecos comprendieron que también la composición musical o la poesía cantada, puede ser la mejor manera de registrar la memoria de la humanidad, por encima de la composición lírica estrictamente literaria. Para una generación en la que impera la inmediatez de la imagen, y por supuesto, la música es tan importante para comunicarse, otorgar el Nobel a Dylan puede abrir las puertas a otras posibilidades de expresión lírica en la música. Ya lo dijo otro Nobel, Octavio Paz, que la poesía podía estar en un poema, una pintura, un jarrón Ming o incluso, una canción de Bob Dylan.





miércoles, 28 de septiembre de 2016

¿QUIÉN GANARÁ EL PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2016?




Durante los primeros días de octubre, el mundo literario permanece a la expectativa del nombre del ganador del Premio Nobel de Literatura. Para 2016, las cábalas nos presentan una lista de eternos candidatos al premio más codiciado por las letras mundiales. Aunque las tendencias de los académicos suecos resultan desconcertantes, puesto que cada año salta a la palestra un nombre por lo general desconocido para la mayor parte de los lectores mundiales, las predicciones se empecinan en concedérselo a los archiconocidos de siempre.

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Haruki Murakami: el japonés es un candidato recurrente durante la última década; Murakami siempre aparece en las quinielas al premio sueco. Sus libros suelen mostrar a unos personajes anodinos, comunes, atormentados por las vicisitudes de la modernidad, lo que persuade fácilmente al lector para firmar el pacto de verosimilitud con el autor. No está de más decir que sus libros figuran siempre en el listado de los bestsellers, lo que resulta un valor agregado sobre todo para los editores.



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Adonis: el poeta sirio es uno de los más fuertes candidatos a llevarse el Premio Nobel de Literatura 2016. No es nada extraño, teniendo en cuenta que los suecos suelen entremezclar en la receta el ingrediente político, y que Siria está pasando por el peor momento de su historia. Esto no significa que su obra lírica sea en lo absoluto desdeñable. Su Epitafio para Nueva York es una de sus obras notables. Las metáforas modernistas de la gran ciudad norteamericana, el esplendor de su caos y su pluriculturalidad, demuestran su genio lírico, haciendo al mismo tiempo, un homenaje a Lorca.

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Philip Roth: el escritor estadounidense ha sido un referente cuando de predicciones se trata. El Premio Nobel de Literatura 2016 se lo concederían a Philip Roth por varias razones: ser el último saurio de una generación de grandes autores estadounidenses como Mailer, Pynchon, Salinger, Below, entre otros, lo ameritaría; además que desde Toni Morrison (1993), no se concede a un novelista estadounidense el codiciado premio, sería suficiente justificación.

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Ngũgĩ wa Thiong'o: el autor keniata podría ser el ganador del Premio Nobel de Literatura 2016. El hecho de hacer parte de una minoría racial intelectual africana, históricamente poco galardonada, ya es una razón de peso; del mismo modo, su larga producción novelística y su activismo político, que le costó en 2004 al retornar a Kenia, un atentado en que fue violada su esposa y él atacado a machete, harían justicia al concederle el premio.

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Ismail Kadare: es el escritor en lengua albanesa más conspicuo de su generación. Su extensa obra narrativa, en la que hace una memoria histórica de los conflictos de su país, hace perfecto candidato a Ismail Kadare al Premio Nobel de Literatura 2016. Hacer parte de la resistencia intelectual marginal europea, puodría ser otro factor de peso para inclinar la balanza hacia el escritor albanés. 


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Milan Kundera: el checo es uno de los grandes ausentes a la ceremonia del Premio Nobel de Literatura cada año. Es quizá el autor vivo europeo más celebrado, con una voluminosa obra traducida a todas las lenguas conocidas. Sobreviviente del antiguo régimen comunista, su obra, principalmente La Insoportable levedad del ser, describe la soledad del individuo oprimido por las fuerzas de la Historia, su redención y tragedia existencial en medio de la opresión política. Kundera es heredero ideológico de Nietzsche, Camus y Sartre, Broch, Cervantes, entre otros. Para el autor checo, al borde de los noventa años, seguramente la recepción del premio puede resultar tan indiferente como para Doris Lessing, quien al recibir la noticia del Nobel de Literatura en 2007, se limitó a un estoico: "Oh, God!".



jueves, 22 de septiembre de 2016

LO POÉTICO COMO CIENCIA DEL SUBCONSCIENTE: DISCURSO DE SAINT-JOHN PERSE AL RECIBIR EL NOBEL DE LITERATURA 1960

        Dos glorias de las letras francesas: Saint-John Perse conversa con André Malraux

Una de las mayores dicotomías para el pensamiento de nuestro tiempo es la escisión entre lo racional e irracional. La ejecución de la poesía, resulta principalmente ardua e inútil, en una sociedad en la que el conocimiento se estratifica cada vez más. Conciliar el rigor del pensamiento racional y lógico, con la libertad intuitiva y subconsciente, es quizá la mayor ambición para el escritor. Autores como Ernesto Sábato, Jorge Luís Borges, Goethe, Dante, Marcel Proust, Thomas Mann o Joyce, en algún punto de su obra han coqueteado con la rigurosidad de la ciencia.

Sábato fue primero que novelista, químico; se adentró en las complejidades abstractas de las cifras, pero fue en la literatura donde halló el equilibrio. En su infancia, Borges, ante un tablero de ajedrez, fue introducido por su padre, un profesor de psicología spenceriano, en las arduas lides de las paradojas filosóficas. Goethe tuvo interés en las teorías científicas de su tiempo: la química es parte fundamental de la trama de su novela Las afinidades electivas; escribió un tratado sobre los colores, e incluso, llegó a descubrir un nuevo hueso en el maxilar. Dante desarrolla la teoría del hilemorfismo en sus cantos de la Comedia. Proust, en su obra magna, explora el universo abstruso de la fenomenología, de acuerdo a su ardua lectura de la obra del filósofo francés Henri Bergson. Thomas Mann estudia el fenómeno metafísico del tiempo, como parte de la dialéctica entre sus personajes centrales de su novela Der Zauberberg. James Joyce llevó el stream of counsciousness, técnica narrativa de vertiente casi psicoanalítica, a sus límites en el Ulysses y, más allá del lenguaje, en su obra póstuma Finnegans Wake.



Quizá ningún otro escritor, ha dado mayor muestra de reflexión sobre la dicotomía entre ciencia y arte, que Saint-John Perse. El poeta nacido en Guadalupe, región ultramarina francesa, fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1960. Su poesía irradia una reflexión profunda acerca de la condición humana; de perplejidad ante la Naturaleza; el mar está presente permanentemente en las imágenes de su obra como destino. En su discurso de aceptación del premio, el poeta, quien recorrió el mundo como diplomático, reflexiona sobre los mecanismos racionales y su vínculo con la corriente del subconsciente humano. Esta pieza ha sido calificada como un prodigio de concisión y lirismo; aquí, el poeta consigue un raro y sutil equilibro entre la emoción y el rigor. 

                                                                                     ***

                                       Sello conmemorativo de Francia al poeta. 
Fuente:http://www.encaribe.org/Files/Personalidades/saint-john-perse/imagen/4e1bbcd2-a54f-89e4.jpg


Discurso Saint-John Perse Premio Nobel de Literatura 1960

He aceptado para la poesía el homenaje que aquí se le rinde, y tengo prisa por restituírselo.
La poesía no recibe honores a menudo. Pareciera que la disociación entre la obra poética y la actividad de una sociedad sometida a las servidumbres materiales fuera en aumento. Apartamiento aceptado, pero no perseguido por el poeta, y que existiría también para el sabio si no mediasen las aplicaciones prácticas de la ciencia.
Pero ya se trate del sabio o del poeta, lo que aquí pretende honrarse es el pensamiento desinteresado. Que aquí, por lo menos, no sean ya considerados como hermanos enemigos, Pues ambos se plantean idéntico interrogante, al borde de un común abismo; y sólo los modos de investigación difieren.
Cuando consideramos el drama de la ciencia moderna que descubre sus límites racionales hasta en lo absoluto matemático; cuando vemos, en la física, que dos grandes doctrinas fundamentales plantean, una, un principio general de relatividad, otra, un principio “cuántico” de incertidumbre y de indeterminismo que limitaría para siempre la exactitud misma de las medidas físicas; cuando hemos oído que el más grande innovador científico de este siglo, iniciador de la cosmología moderna y garante de la más vasta síntesis intelectual en términos de ecuaciones, invocaba la intuición para que socorriese a lo racional y proclamaba que “la imaginación es el verdadero terreno de la germinación científica”, y hasta reclamaba para el científico los beneficios de una verdadera “visión artística”, ¿no tenemos derecho a considerar que el instrumento poético es tan legítimo como el instrumento lógico?
En verdad, toda creación del espíritu es, ante todo, “poética”, en el sentido propio de la palabra. Y en la equivalencia de las formas sensibles y espirituales, inicialmente se ejerce una misma función para la empresa del sabio y para la del poeta. Entre el pensamiento discursivo y la elipse poética, ¿cuál de los dos va o viene de más lejos? Y de esa noche original en que andan a tientas dos ciegos de nacimiento, el uno equipado con el instrumental científico, el otro asistido solamente por las fulguraciones de la intuición. ¿Cuál es el que sale a flote más pronto y más cargado de breve fosforescencia? Poco importa la respuesta. El misterio es común. Y la gran aventura del espíritu poético no es inferior en nada a las grandes entradas dramáticas de la ciencia moderna. Algunos astrónomos han podido perder el juicio ante la teoría de un universo en expansión; no hay menos expansión en el infinito moral del hombre: ese universo. Por lejos que la ciencia haga retroceder sus fronteras, en toda la extensión del arco de esas fronteras se oirá correr todavía la jauría cazadora del poeta. Pues si la poesía no es, como se ha dicho, “lo real absoluto”, es por cierto la codicia más cercana y la más cercana aprehensión en ese límite extremo de complicidad en que lo real en el poema parece informarse a sí mismo.
Por el pensamiento analógico y simbólico, por la iluminación lejana de la imagen mediadora y por el juego de sus correspondencias, en miles de cadenas de reacciones y de asociaciones extrañas, merced, finalmente, a un lenguaje al que se trasmite el movimiento mismo del ser, el poeta se inviste de una superrealidad que no puede ser la de la ciencia. ¿Puede existir en el hombre una dialéctica más sobrecogedora y que comprometa más al hombre? Cuando los filósofos mismos abandonan el umbral metafísico, acude el poeta para relevar al metafísico; y es entonces la poesía, no la filosofía, la que se revela como la verdadera “hija del asombro”, según la expresión del filósofo antiguo para quien la poesía fue asaz sospechosa.
Pero más que modo de conocimiento, la poesía es, ante todo, un modo de vida, y de vida integral. El poeta existía en el hombre de las cavernas; existirá en el hombre de las edades atómicas: porque es parte irreductible del hombre. De la exigencia poética, que es exigencia espiritual, han nacido las religiones mismas, y por la gracia poética la chispa de lo divino vive para siempre en el sílex humano. Cuando las mitologías se desmoronan, lo divino encuentra en la poesía su refugio; aun tal vez su relevo. Y hasta en el orden social y en lo inmediato humano, cuando las Portadoras de pan del antiguo cortejo dan paso a las Portadoras de antorchas, en la imaginación poética se enciende todavía la alta pasión de los pueblos en busca de claridad.
¡Altivez del hombre en marcha bajo su carga de eternidad! Altivez del hombre en marcha bajo su carga de humanidad -cuando para él se abre un nuevo humanismo-, de universidad real y de integridad psíquica… Fiel a su oficio, que es el de profundizar el misterio mismo del hombre, la poesía moderna se interna en una empresa cuya finalidad es perseguir la plena integración del hombre. No hay nada pítico en esta poesía. Tampoco nada puramente estético. No es arte de embalsamador ni de decorador. No cría perlas de cultivo ni comercia con simulacros ni emblemas, y no podría contentarse con ninguna fiesta musical. Traba alianza en su camino con la belleza –suprema alianza-, pero no hace de ella su fin ni su único alimento. Negándose a disociar el arte de la vida, y el amor del conocimiento, es acción, es pasión, es poder y es renovación que siempre desplaza los lindes. El amor es su hogar, la insumisión su ley, y su lugar está siempre en la anticipación. Nunca quiere ser ausencia ni rechazo.
Nada espera sin embargo de las ventajas del siglo. Atada a su propio destino y libre de toda ideología, se reconoce igual a la vida misma, que nada tiene que justificar de sí mismo. Y con un mismo abrazo, como con una sola y grande estrofa viviente, enlaza al presente todo lo pasado y lo por venir, lo que humano con lo sobrehumano y todo el espacio planetario con el espacio universal. La oscuridad que se le reprocha no proviene de su naturaleza propia, que es la de esclarecer, sino de la noche misma que explora, a la que está consagrada a explorar: la del alma misma y la del misterio que baña al ser humano. Su expresión se ha prohibido siempre la oscuridad y esa expresión no es menos exigente que la de la ciencia.
Ahí, por su adhesión total a lo que existe, el poeta nos enlaza con la permanencia y la unidad del ser. Y su lección es de optimismo. Para él una misma ley de armonía rige el mundo entero de las cosas. Nada puede, ocurrir en ella que, por naturaleza, sobrepuje los límites del hombre. Los peores trastornos de la historia no son sino ritmos de las estaciones en un más vasto ciclo de encadenamientos y de renovaciones. Y las Furias que atraviesan el escenario, con la antorcha en alto, no iluminan sino un instante del muy largo tema que sigue su curso. Las civilizaciones que maduran no mueren de los tormentos de un otoño; no hacen sino transformarse. Sólo la inercia es amenaza. Poeta es aquél que rompe, para nosotros, la costumbre.
Y es así también como el poeta se encuentra ligado, a pesar de él, al acontecer histórico. Y nada le es extraño en el drama de su tiempo. ¡Que diga a todos, claramente, el gusto de vivir este tiempo fuerte! Pues la hora es grande y nueva para recobrarse de nuevo. ¿Y a quién le cederíamos, pues, el honor de nuestro tiempo?...

“No temas”, dice la Historia, quitándose un día la máscara de violencia y haciendo con la mano levantada ese ademán conciliador de la Divinidad asiática en el momento más fuerte de su danza destructora. “No temas, ni dudes, pues la duda es estéril y el temor servil. Escucha más bien ese latido rítmico que mi mano en alto imprime, renovadora, a la gran frase humana siempre en vías de creación. No es verdad que la vida pueda renegar de sí misma. Nada viviente procede de la nada, ni de la nada se enamora. Pero tampoco nada guarda forma ni medida bajo el incesante flujo del Ser. La tragedia no finca en la metamorfosis misma. El verdadero drama del siglo está en la distancia que dejamos crecer entre el hombre temporal y el hombre intemporal. El hombre iluminado sobre una vertiente ¿irá acaso a oscurecerse en la otra? Y su maduración forzada, en una comunidad sin comunión, ¿no sería quizá una falsa madurez?...”

Al poeta indiviso tócale atestiguar entre nosotros la doble vocación del hombre. Y esto es alzar ante el espíritu un espejo más sensible a sus posibilidades espirituales. Es evocar en el siglo mismo una condición humana más digna del hombre original. Es asociar, en fin, más ampliamente el alma colectiva con la circulación de la energía espiritual en el mundo… Frente a la energía nuclear, la lámpara de arcilla del poeta ¿bastará para este fin? -Sí, si de la arcilla se acuerda el hombre.
Y ya es bastante, para el poeta, ser la mala conciencia de su tiempo.